ESCRITURA SUBTERRÁNEA
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No recrees el pasado, que nunca es lo que parece.
G. ARENAS
Durante años he sido la mayor accionista
de tus frases.
Hasta he convertido sus sentencias
en un bonito libro de aforismos.
Pero con tus cartas voy a hacer una libreta
de caligrafías superpuestas.
Una auténtica pócima.
(Lo demás, de momento,
sigue siendo oscuro).
Desde el extremo oeste,
donde me hallo,
no me apercibo de lo que te sucede,
ahora que estás como rara de escribir,
sin contar nada,
y yo sin tiempo para hacérselo (escribir)
a una amiga enorme,
ni siquiera en horas muertas
como ésta,
entre tecla y tecla,
a la espera de que la situación tome verdadero cuerpo
—o falso— y que se clarifique.
Cuando por fin logro establecer comunicación
con el maclink
tecleo: estás ahí
sin interrogaciones,
espero un rato
—la perseverancia será propicia—
hasta que la respuesta surge lenta-
mente
en la pnatalla,
por el correo electrónico proliferan las erratas,
con paciencia
descubro este texto en medio de una sopa
de letras
y de signos:
…pero ya no hay palabras… y no sé si estoy
en un tiempo anterior o posterior…
a las mismas.
Extremadamente difícil resulta hablar
de aquello que tanto nos separa:
hoy tampoco podré contarte
(nada hablado
nada por correo
nada por teléfono…)
innecesarios rodeos los que describen las palabras
para decir las cosas
sin contarlas.
(No te engañes:
el amor no se parece nada a su relato).
“Aquí llueve menos”, reza la postal.
Tal vez sea eso lo que tanto nos separa:
la humedad del enjarbe,
el moho,
ese clima que entumece
los miembros
y reviene el pan.
Fricativas en la boca,
también gruñidos.
Leo:
“La creación fue la única terapia que le alivió
/ la neurosis”
a propósito de Schubert,
el mismo que le puso música
al lied
(:Perdí la calma, el desasosiego
invadió mi corazón)
sabiendo que la música,
como la escritura,
también distrae.
Cuéntale al entusiasta que todo fue
será o es
igual a siempre.
Que si ayer fue nada,
mañana no será
y sobre hoy
puede opinarse
lo que cada cual quiera.
He visto a V. últimamente
y lo poco que sé de ti lo sé por él,
como antes viceversa.
Del resto, que nada; va bien
y si sigue tirando que no se rompa,
rompí todas las cartas
—pensé: llegó el momento de olvidar
y el olvido estaba en aquella escritura
y ahora toda ella en mi memoria para qué
si así no hay olvido.
Hasta que envejeces y un día ves
el rostro de otra persona en el espejo
(hay quien no sabe que viene de otros
ignora la genética o aún peor
—: se constituye en único—).
En verdad no tengo nada que decirte,
ni siquiera ganas de escenificar (significar)
mi deseo tan real
de gritarle a ese barco allá
en la lejanía:
“¡Llévame contigoooo…!”
Respuesta que trae el cartero:
No te apures.
La vida ya nos obliga a recorrernos
por dentro
de cabo a rabo
hasta dejarnos fuera de juego
cuando topamos con ese otro yo,
el oscuro.
Frialdad y vacío del espejo
donde prevalece la mirada
después del viaje.
Entonces piensas:
yo podría ser cualquiera
de los que en el mundo han sido
son o serán.
La certeza hallada
en esa revelación resulta
tan terrible
como mirar a alguien que se muere
durante muchos días.
…pero reconocer eso es creer en su poder:
el lenguaje que cura las mentes
y los cuerpos
es capaz también de destruir
(las mentes, los cuerpos).
La razón no está ya
del lado del lenguaje.
Misión imposible:
centrarse
en la vida que discurre
como un río revuelto,
remolinos.
Dolmen, mámoa, petroglifo,
el vino en la metreta,
es oscuro el pasado, está seca la saliva.
Los recuerdos se trituran.
Llegó el tiempo de hablar sin ser vistos.
A ver qué le esclareces,
qué imágenes para ilustrar
la historia.
Todavía viviremos tiempos más incómodos
y ni la inocencia
ni las precauciones
servirán de protección.
Dile:
lo que vale sólo para nosotros
no vale nada
el mal, lo malo, el malvado
nos atañe
las mayores tempestades
no siempre son las del alma.